La visita a la ciudad de Rosario incluye obligadamente sentarse a una mesa en el bar El Cairo. Situado en una esquina particular, llena de luces y vidrieras, hay aún reservada una mesa «de los galanes» que espera la reunión cotidiana de aquellos amigos del alma. Sobre la derecha una biblioteca repleta de libros y al fondo, un buzón en el cual el genio de Fontanarrosa está acodado esperando las miles de fotos que cada día los turistas quieren tomarse. Una vieja máquina de café en la vidriera y miles de recuerdos en la barra tapizada en cuero marrón.
 
 
Disfrutar de Rosario es disfrutar de El Cairo, su excelencia en el café, especialmente el capuchino (lo recomiendo) y la simpleza y simpatía de sus mozos.
©Silvia Vázquez

 ROBERTO FONTANARROSA

«Son muchas historias y muchas anécdotas, pero, finalmente, una única ciudad: Rosario, a la que amó entrañablemente y un personaje, asimismo impar: Inodoro Pereyra. Roberto Fontanarrosa, el “Negro Fontanarrosa”, quien nació y murió allí (lo segundo, el 19 de julio de 2007), tiene muy claramente establecidas sus coordenadas a partir de esos dos puntos.
Ante todo humorista gráfico, fue también guionista y escritor, y es autor de docenas de relatos, muchos de ellos vinculados a su otra gran pasión, que era el fútbol. Inodoro Pereyra, por su lado, se convirtió, inopinadamente, en u resumen de nuestras agachadas e inconsecuencias, siempre sobrevolado por el hosco gruñido del perro Mendieta.»
 
(fuente : fundación para la poesía)
 
Compartimos una de sus historias:
 
Mi amiga Colette solía decir, y hace ya mucho tiempo,

‘Estamos entrando en la edad del nunca me había pasado’…

Y es así.


Decimos:

‘Es curioso. Nunca me había pasado,

me agaché a recoger un tenedor

y se me trabaron cuatro vértebras de la columna.


Escuchamos:

‘Es notable. Nunca me había pasado. Mordí un caramelo de limón y un premolar se me partió en ocho pedazos.


Es que, así como se habla de un Primer Mundo

y de un Tercero sin que nadie conozca a ciencia

cierta cual es el Segundo,

nosotros hemos pasado de la Primera Edad a la Tercera

sin recalar por la Segunda

y el cuerpo acusa recibo de tal apresuramiento.


El tiempo mismo, incluso,

ha tomado una consistencia gelatinosa, plástica, mutante.


Calculamos:

– ‘Cuánto hace que se mudó Ricardo a su nueva casa?’.

Y arriesgamos:

– ‘Tres, cuatro años’. Hasta que alguien, conocedor,

nos saca de la duda:

‘Catorce’.


Suponemos ante el amigo encontrado ocasionalmente

en la calle:

– ‘Tu pibe debe andar por los seis, siete años’.

– ‘Tiene diecinueve – nos contesta el amigo

– Vení Tacho!’.

Y nos presenta a una bestia de un metro ochenta, pelo verde,

un clavo miguelito clavado en la ceja

y un cardumen de granos sulfurosos en la mejilla.


Se corrobora entonces aquello que, dicen, decía John Lennon: ‘El tiempo es algo que pasa mientras nosotros estamos distraídos haciendo otra cosa’. Y suerte que estamos distraídos haciendo otra cosa. Mucho peor es aburrirse.


Es dulce rememorar ciertos momentos,

pero más me entusiasma pensar en las cosas

que tengo para hacer.

Es que muchos de esos ciertos

momentos son muy viejos.

Y por lo tanto vale recordar el consejo dado por Javier Villafañe cuando alguien le preguntó cómo hacía para conservarse tan joven pasados los ochenta años.

– ‘No me junto con viejos’, respondió el maestro.


Yo quiero agregar lo que un día dijo Jean Louis Barrault,

famoso mimo francés:

‘La edad madura es aquella en la que todavía se es joven,

pero con mucho más esfuerzo’.-
 
Fontanarrosa
 
 

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