Recomenzar

Cargada de nubes está la tarde. El viento sopla tan desesperado como mis ganas de verte.

Ansío ese café espumoso que sirven por las tardes en el bar, donde siempre nos encontrábamos cuando caía el sol.

Esta vez será diferente. Esta vez seremos solo nosotros, sin que nos importe la gente alrededor. Murmullos, sonrisas, caricias, palabras de amor.

Palabras de amor…¿cuánto hace que no las escuchas? Años perdidos, desencontrados. Solo papeles escritos en tinta azul, de la lapicera que te regalé al irte. La misma que seguramente conservaras como parte de una historia que creímos terminada.

¿Quién diría que tanto tiempo después volveríamos a vernos? Porque esto es vernos, cara a cara sin pantallas que nos separen, sin malas señales que nos trunquen las charlas interminables acompañadas de un vino o algo caliente por las noches.

Te estoy esperando. Te sigo esperando, no importa si llegue temprano. Sé que me mato la ansiedad. Estoy acá, revolviendo mi café espumoso hasta que llegues y pidamos uno para cada uno.

Me verás diferente, te veré diferente. Ojalá que este encuentro nos lleve a momentos inolvidables y sea el comienzo de otros tan valiosos como aquellos.

Me peino, me corrijo el maquillaje. El mozo me mira una y otra vez, disimuladamente. Escucho muy bajito que le dice a su compañero que “la señora que  está sentada al lado de la puerta de entrada a cada rato se mira al espejo”. Sí, porque no quiero parecer más mayor de lo que soy, aunque la edad mucho no me interesa, quiero vivir de una vez por todas una vida con vos.

Ahí estás, elegante como nunca, solo veo apenas unas canas asomando entre tu cabello oscuro. Ahí estás, ahí estamos. Para comenzar algo que ni sabemos qué nombre ponerle.

©Silvia Vázquez

 

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