Las calles están desiertas, o casi,

Tal vez alguien terco camina por ahí, irrespetuosamente.

Los árboles brillan, a pesar que las hojas van cayendo timidamente

despeinadas por el viento,

Los niños ya no corren en las plazas ni en las escuelas,

y tampoco corren los autos para llegar a tiempo a alguna parte.

Los perros pasean poco, husmeando apenas los pastos crecidos en los canteros.

Los viejos apoyan la nariz en los ventanales que dan a la calle

para poder ver pasar a alguien que no conocen.

La gente hace filas, por el pan y la leche, por un trozo de queso fresco

y por una botella de vino.

Se separan intuitivamente, no se hablan casi.

Las miradas son hoy más fuertes que un abrazo, los gestos en los rostros

ni se ven, solamente los ojos hablan,

o la boca detrás de una pantalla de tela.

Este es el nuevo mundo, ese que apareció de golpe ante nosotros,

sin aviso, sin cita previa, sin llamadas, sin whatsapps

ni mensajes de texto, ni mails.

Apareció así, de repente, como aparecieron el miedo,

la intolerancia y el desprecio por los que curan, los que acompañan.

Todos temen, todos penan, todos se encierran,

aunque algunos pocos tiendan una mano,

Son minoría los que siempre están.

Las familias no se juntan, pantallas por medio se ven, solo algunos

que tienen más fortuna que otros que están solos.

No hay vacuna, lo cotidiano se transformó en rutina;

en más rutina que la rutina. En más dolor, en más distancia.

Los amantes se aman de lejos, los odiadores se odian de lejos,

los abuelos extrañan, los nietos se aburren,

Los maestros aprenden a enseñar en ese marco de emergencia,

en esa caja cuadrada de letras y sonidos.

Los alumnos aprenden a aprender de esa manera loca y animada.

El mundo sigue girando y en su vuelta mil, para un instante para ver desde un helicóptero

si la gente está adentro o afuera.

Les aconsejan entrar, les dicen qué hacer, les llaman la atención, los controla.

Algunos acatan, otros no, algunos lloran, otros viven.

Simplemente viven, hasta que este demonio

que se instaló en el mundo, de una vez desaparezca,

De una vez nos deje en paz, de una vez se olvide de nosotros,

y de una vez por todas nos haya enseñado que somos todos

y no uno

que pudimos salir, que pudimos contra él, que aún así,

con el mundo como estaba hasta hace poco más de un mes,

sobreviviremos a pesar de todo.

Que al levantarnos una mañana, vuelva a salir el sol,

que podamos respirar sin miedo, abrazarnos, tocarnos,

contarnos esa vida perdida de un marzo y abril cerrado.

Ojalá que las hojas sigan brillando, que los niños corran,

las plazas se llenen de gente, los abuelos sonrían, las familias se junten,

los maestros tengan una tiza en sus manos y no un barbijo en la cara;

los monstruos desaparezcan de las calles,

las manos dejen de resecarse por el alcohol,

las misas renueven la esperanza,

los ataúdes de madera se aburran,

las flores perfumen

y la vida vuelva.

©Silvia Vázquez

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