Agobiaba el calor. Los autos pasaban rápidamente por la autopista hacia el norte. Vacaciones unos, trabajo otros. Un día más de enero, luego de las Fiestas que se fatigaba con las noticias económicas de la televisión, que estaba encendido en el bar de la estación de servicio.

Detrás de un camión enorme, estacionado a un costado de la colectora, había un hombre, esperando a alguien.

Cada tanto se acomodaba el pelo y se asomaba a la calle mirando cada ato que bajaba la velocidad.

Un rato después que llegué a tomar algo fresco, vi que su cara camión. Un auto mediano se detuvo y estacionó al lado del hombre.

Él estiró la mano, del auto salió la conductora y le abrió la puerta. Él subió. El abrazo fue fuerte, rápido.

Pusieron el auto en marcha y partieron. Detrás del camión asomó una caja grande. Pagué mi refresco y crucé. Los aullidos eran fuertes. Abrí la caja y ahí estaban: seis cachorritos preciosos que me miraron con desesperación.

¿Qué hago con ésto?

Cerré un poco la caja y crucé nuevamente a la estación de servicio. Estuvimos de acuerdo en dejarlos allí, en que alguien se apiadara de ello, aunque sea de a uno pudieran llevárselos a un lugar mejor.

Colocamos un cartel en el vidrio del mostrador.

Esa noche dormí muy mal.

Al día siguiente volví, y para mi sorpresa, cuatro personas se habían llevado parte de la familia. Solo quedaban dos. Dos… lo pensé, pero ya en casa había tres.

Cuando dejé de acariciar al más chiquito, una mujer sesentona abrió la puerta y pidio llevárselos.

En un momento la familia tenía hogar y quizá los dos abandónicos estarían felices de haberse lirado de ellos. Quizá fue mejor que esa caja quedara ahí. Quizá fue mejor estar separados pero con alguien que les de amor.

Es fácil, que tenga la cría y después vemos”

Vidas, corazones, sentimientos. Si, los animales sienten, señores del auto. Ya son libres de esos molestos bichitos. No se preocupen. Ellos estarán en buenas manos. Ustedes, no sé.

©Silvia Vázquez

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