La doncella Calafate

 

La doncella Calafate estaba triste. Cabizbaja caminaba de un lado a otro mirando la tribu que hacía sus quehaceres. Esa tarde presentía que algo malo iba a pasar, pero ignoraba qué.

Su padre no estaba de buen humor. Eso era peligroso para todos. Solo la consolaba saber que había alguien muy cerca que pensaba en ella.

Atardecía lentamente, el sol se sacaba la tristeza y dejaba de enfriar la Patagonia.

Él estaba en sus pensamientos. Había aparecido entre ellos para el kloketen y su padre lo miró con cara de pocos amigos. Se amaron. Pero sabían que eso sería imposible, aunque lo intentaran.

Los selkman no eran bienvenidos en el grupo y los tehuelches, gente brava de tierra estéril, en especial su padre, lo hacía notar a cada momento.

El chaman estaba preparado siempre, para lo bueno y lo malo. Cada uno de ellos sabía cuando recurrir a él, aunque sabían que muchas de las visitas eran con fines no demasiado buenos.

Así hizo el padre de Calafate. Salió de la carpa enfurecido, pero con la esperanza que aquel hombre no iba a salirse con la suya y que su hija tampoco.

En lengua het que ella comprendía perfectamente, su padre le había dicho que ese hombre no era para ella. A pesar de eso, siguieron viéndose, pero los descubrieron. Por eso el cacique decidió visitar al chamán. Lo que ella jamás imaginó fue el fin.

Sonó al anochecer la música de las quenas de San Gregorio, los mitos y ritos propios, narrados y actualizados por los chamanes que ejercían la medicina con la ayuda de los espíritus evocados en los mismos. Eso la asustaba más que la cara de su padre.

Amaneció con el sol sobre el este. Calafate, despertó. Esa vez sus manos eran ramas repletas de espinas pero salpicadas de flores doradas. Se desperezó y trato de caminar, pero fue imposible. Esperó a su amante pero cuando llegó el atardecer perdió la esperanza. Él había estado buscándola el día entero. Al no hallarla, los dioses se apiadaron de él y lo transformaron en un bello pájaro, para que desde las alturas pudiera encontrarla.

Pasó tiempo y un día, sediento, se acercó a una planta que jamás había visto . Al probar el néctar de sus flores, notó que tenían en el mismo sabor dulce de su amor, y por fin estuvieron juntos por siempre.

©Silvia Vázquez

 

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