Hay un yo, que anda pululando por ahí.

El yo de los “no”, el de los “tal vez” y los “no puedo”.

Ese que dice “posiblemente” y duda ante una invitación.

El mismo que dice “jamás”, ese que no se anima a ser,

a compartir y a parecer.

Hay un yo que tengo agarrado de una mano;

el que pone trabas, el que se excusa, el que no ama.

El yo que se frena ante lo desconocido,

ese mismo que duda frente al destino;

el que no proyecta jamás, el que no sana las heridas del pasado.

Pero en la otra mano tengo el yo que me agrada:

el que dice “puede ser”, “me animo”, “yo puedo”, “intento”.

Ese que sueña mil sueños por la noche y los hace realidad en el día.

El mismo que dice “si, puedo”, “por supuesto”.

Amo ese yo, ese yo nuevo que tengo en la otra mano.

Ese yo que me aconseja a seguir viviendo sin dudar.

Ese yo que se acerca al precipicio y mira hacia adelante,

pero no da un paso, sino vuela.

“Para qué alas, si tengo mis pies para volar”, dijo Frida.

Mis pies tienen alas: vuelan, alto… tan alto que desaparezco entre

nubes celestes y soles brillantes.

Aterrizaré donde el viento me lleve,

y desde ahí, seguiré tomada de la mano

del yo, de ese yo que me apoya y me anima.

©Silvia Vázquez

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