Por temor o por cambios culturales propios de la época, la clase media próspera tiende a criar jóvenes con exigentes estándares de consumo y escasa inclinación al esfuerzo

Estamos formando a jóvenes demasiado cómodos, poco habituados al sacrificio y sin experiencia para enfrentar desafíos? Es una pregunta para padres de la clase media acomodada, la que llega a fin de mes y tiene margen para el ahorro y el consumo. Es una pregunta que involucra a una franja de chicos y adolescentes privilegiados, pero que son -precisamente por eso- los que mayor responsabilidad tendrán en el futuro.

Una conjunción de factores globales y locales ha transformado en pocos años muchos rasgos fundamentales de la relación entre padres e hijos. La tecnología ha metido una cuña en ese vínculo, pero también la modificación de los hábitos de consumo (con una mayor accesibilidad a determinados bienes que ha exacerbado el consumismo); la “democratización” de los vínculos entre chicos y adultos; la puesta en tela de juicio de los modelos de crianza; el quiebre de la autoridad docente. También han influido cierta flexibilización de las costumbres sociales (con muchos cambios francamente positivos) y el reemplazo de dogmas e imposiciones por reglas que muchas veces son tan flexibles que terminan siendo confusas.

También influye el miedo. Hoy hay una generación de padres temerosos porque el espacio público se ha vuelto extremadamente hostil, los peligros acechan en cualquier esquina y los riesgos adquieren, en distintos planos, una escala mucho mayor. Eso lleva a una vocación más protectora de los chicos. Intentamos resguardarlos, y quizá los metamos en una especie de burbuja. Empujados por el fracaso de la escuela pública, los llevamos a escuelas privadas que se parecen, al menos algunas de ellas, a “escuelas-burbuja”, con poblaciones homogéneas, que quizá nos den mayor tranquilidad, pero que privan a nuestros hijos de la diversidad. Los privan del aprendizaje y del desafío de convivir con realidades distintas de la de ellos.

Criamos, así, chicos demasiado instalados en sus zonas de confort. También por miedo nos cuesta soltarlos. Los llevamos y los traemos a todos lados; nos atemoriza que tomen el tren o vuelvan caminando. Son chicos que han dejado la bicicleta en el baúl de los juegos infantiles y que casi la desconocen como medio de transporte. En calles salvajes como las que transitamos, nos tranquiliza que sea así.

Son chicos que al sacar la licencia de conducir (a los 17, no a los 18, como antes) creen que viene incorporada con el derecho a usar el auto. Les cuesta asimilar la diferencia entre tener licencia y tener auto. La licencia se obtiene con práctica y estudio; la tenencia de un auto exige demostraciones de responsabilidad, deberes, obligaciones, capacidad de afrontar gastos. ¿Son nociones que tienen claras los adolescentes de clase media acomodada?

Son hijos de una generación que encuentra más accesible viajar al exterior. Se han acostumbrado a que las vacaciones de invierno sean una maratón de costosa hiperactividad. Esto es -entre otros factores- consecuencia de que a nadie se le ocurre dejar que los chicos jueguen en la calle o pierdan el tiempo en la esquina. Hay que armarles programas que los entretengan porque afuera todo es peligroso.
Ads by

Pero el fenómeno es más complejo. Somos una generación de padres culposos, a los que nos cuesta poner límites y que no logramos acuerdos ni alianzas entre adultos. La desconfianza atraviesa el vínculo entre padres y docentes; entre padres y entrenadores; entre los propios padres.

Hubo una generación de adultos en la que a ninguno se le hubiera ocurrido, por ejemplo, acompañar a sus hijos adolescentes a comprar un cargamento de alcohol para el viaje de egresados. Ahora, si alguno pone reparos a esa iniciativa, terminará seguramente cuestionado. Y entre esos cuestionamientos habrá buenos argumentos, justificaciones atendibles. “Es mejor acompañarlos que dejarlos solos; controlar nosotros que mirar para otro lado. Si lo van a hacer, mejor que sea con nuestra guía y nuestra contención”. Suena razonable, y quizá lo sea. Pero la pregunta vuelve a aparecer: ¿no les estamos sirviendo todo en bandeja? ¿No se lo estamos haciendo demasiado fácil? ¿No los estamos acostumbrando a una excesiva comodidad?

La escuela tampoco incomoda a los chicos. En las últimas décadas, los colegios se han amoldado más a los alumnos que los alumnos a los colegios. Ya no se les exige uniforme, ni pararse cuando entra el profesor, ni tratar de usted a los adultos. La lista de permisos es más larga y mucho más controvertida. Para todo eso también hay buenos y atendibles argumentos. Pero los chicos ya se sienten tan cómodos que hasta les extirpamos de alguna forma su propia rebeldía. No son rebeldes, porque no tienen contra qué rebelarse. Son menos transgresores, porque cada vez encuentran menos convenciones para transgredir.

En casa también se sienten muy cómodos. Tan cómodos que es normal que sigan viviendo con los padres hasta después de los 30. Las vacaciones familiares se acomodan para que los chicos estén con sus amigos. Las universidades están más cerca y así ha disminuido la experiencia del desarraigo. Cuando empiezan a trabajar, los jóvenes de la clase media privilegiada prefieren viajar a Tailandia que alquilar un monoambiente en un tercer piso sin ascensor. Y quizás esté bien. Tailandia es, de hecho, más seductor. ¿Más formativo? Eso se podría discutir.

Para independizarse, las expectativas y las exigencias de estos chicos moldeados en el confort son cada vez más elevadas. Eso también alimenta un círculo de frustraciones. El peligro es que, a la larga, esa frustración se convierta en resentimiento. Les cuesta asumir un primer empleo que implique demasiados sacrificios.

Silvina Bullrich (una escritora aguda que murió en 1990) decía, con originalidad y ánimo provocador, que uno de los grandes problemas de la Argentina es la ley de la herencia. Como consagra el principio de los herederos forzosos -explicaba-, los hijos de la alta burguesía (a la que ella misma pertenecía) se sientan a esperar su parte de la fortuna sin cultivar su energía creadora, sin arriesgarse en proyectos propios, sin innovar, sin esforzarse, sin explorar nuevos caminos.

Hoy diríamos “sin agregar valor”. Hablaba de una ultraminoría (aquella de los grandes terratenientes argentinos del siglo XIX), pero quizás algo de esa idea (aunque sin fortunas de por medio) podría aplicarse al dilema de las nuevas clases medias. ¿Estamos promoviendo en nuestros hijos la vocación emprendedora, el espíritu de riesgo, el alejamiento de sus zonas de confort? ¿No estamos consintiendo que cada vez necesiten más? ¿Les estamos inculcando la cultura del sacrificio? ¿Les estamos enseñando a ganarse la vida y a necesitar menos?

Bajo el título Abandona a tus hijos en el bosque, un artículo de The New York Times explica una costumbre holandesa que vale la pena conocer. Cuenta que en Holanda es muy popular una práctica conocida como “la dejada”, que tradicionalmente realizan los scouts. Consiste en llevar a grupos de chicos, por lo general preadolescentes, a un bosque en medio de la noche y dejarlos allí con unos pocos y rudimentarios instrumentos para orientarse. La idea es que enfrenten el reto de volver a la base de un campamento atravesando todas las dificultades, desafíos y acechanzas que implica la experiencia.

Para nosotros, puede sonar casi una locura. Pero -explica The New York Times- “los holandeses viven la infancia de manera diferente. A los niños se les enseña a no depender demasiado de los adultos; a los adultos se les enseña a permitir que los niños resuelvan sus propios problemas”. Con esta experiencia, los padres buscan que sus hijos empiecen a templar el carácter, a asumir mayores responsabilidades, a lidiar con sus temores. Uno de los testimonios citados: “Simplemente, dejas caer a tus hijos al mundo, es una forma de enseñarles a valerse por sí mismos”. Un chico que tardó seis horas en encontrar el camino de regreso lo valoró de esta manera: “Te enseña a seguir caminando, a continuar”.

Steve Jobs cerró así su célebre discurso ante estudiantes de Stanford: “Nunca dejen de tener hambre y de ser alocados”. Podría decirse de otro modo: “Nunca dejen de ‘pelearla’, de arriesgar y de tener rebeldía”. ¿Estamos formando a una generación de luchadores, o más bien de “comodones”? ¿Tendremos que incomodar más a nuestros hijos? Los padres debemos encontrar la respuesta.

Luciano Román

Periodista y abogado

(fuente: https://actualidadpolitica.com.ar)

10total visits,1visits today