EL LUGAR IDEAL

Habíamos estado ahí varias veces. Amabamos las montañas. Yo las prefería al mar. Aquella zona siempre me había dado una paz inexplicable. Ese año, tomamos esa ciudad como punto de partida de un recorrido tan impresionante como pacífico, tan elegante como soñado.

Escapando del bullicio, entre curvas y contracurvas, precipicios y piedras imponentes como compañeras de viaje, aparecía delante de nosotros una ruta ancha y ya poco transitada.

Solo con mirarnos, la decisión de detenernos frente al cartel que indicaba “Parque Siquiman”, fue mutua. El costado izquierdo pleno de verdes, a lo lejos cerros amontonados, y un pinar. A la derecha, la vista más impactante que habían recibido mis ojos alguna vez. Un lago interminable rodeado de más cerros tapizados de verde, que se miraban en el espejo de agua. La ruta se internaba prepotente en aquel paisaje perfecto.         El sol entibiaba la mañana y la brisa suave nos acomodaba el cabello para permitirnos disfrutar de tanta belleza.

Más adelante, se vislumbraba un pueblito de tejas rotas, tímidamente escondido.

Este es el lugar ideal, dije. “¿Te imaginás lo que debe ser despertarte y tener esto frente a tus ojos? No hay nada más perfecto: aire, sol, montañas, lago, ¿qué más?”

La bocina de un camión nos despertó del sueño.

“Vamos”, me dijiste, “quien sabe si algún día cumpliremos ese anhelo”

“No creo que sea imposible”, pensé. Falta mucho para que los chicos sean grandes y podamos dejar de trabajar… pero no pierdo las esperanzas.

Hoy, años después en pleno septiembre, veo un rosal amarillo despuntar un pimpollo. El perro ladra y se escucha abrir el portoncito de madera de la entrada. Un auto estaciona frente al living y bajan los cuatro…

“ ¡Ma, llegamos!”

Corro las cortinas y salgo a recibirlos.

Frente a mí, el lago, los pinos que se bambolean y el ruido del viento que trae olorcito a sierra y peperina.

©Silvia Vázquez

 

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