920

 

Se desperezó. Estiró los brazos tan alto como pudo. Bostezó y se fregó los ojos. El sol se coló por la persiana y le molestó. Se levantó de la cama lentamente. Miró a su alrededor. ¿Alguien había cambiado sus muebles de lugar? . Ese no era su dormitorio.

  • Amor, ¿te levantaste?

No la sobresaltó esa voz, tan dulce. ¿Dónde estaba? Cuando intentó salir del cuarto, se abrió la puerta. Un hombre alto, morocho de ojos azules brillantes, sostenía una bandeja con el desayuno. Se quedó helada mirándolo. El, le sonrió y le ofreció sentarse a desayunar juntos.

Lo acompañó, como si aquellas palabras fueran ordenes, pero lejos de serlas, su amabilidad la conmovía.

Su vida era tan diferente. Su última relación fue terrible, la maltrataba, la consideraba su esclava.

Desprecios, palabras duras y golpes, acompañaban sus noches cuando él regresaba borracho y enceguecido.

Se fregó los ojos otra vez. Sí, este hombre seguía ahí, preparándole las tostadas con dulce de leche, sin dejar de mirarla.

Cuando quiso hablar, él dejó el pan sobre la bandeja, delicadamente le tapó la boca con una mano y con la otra la tomó del brazo y le pidió que se tranquilice.

– Ya te vas a sentir mejor. No preguntes nada.

Aturdida, recorrió la habitación con la mirada.Los colores, las texturas en nada se parecían a aquel lugar desordenado y maloliente que compartía desde hacía un año, con quien le prometió una vida llena de amor y un futuro de esperanza.

Se habían conocido en la casa de su prima. Al principio parecía tan alegre, que le contagió esa alegría. Cada encuentro era la forma más hermosa de acercarse al cielo. El le hacía promesas, ella lo escuchaba, y lo que era peor, le creía. La envolvió con su sonrisa.

Aquella noche, el regresó tarde como siempre. La golpeó antes de desvestirse y acostarse a su lado, olía  a alcohol y la tortura siguió hasta el amanecer. Había pensado escapar, pero no tenía donde. Cuando tomó las pastillas, creyó que sería el fin.

  • ¿Tomamos el desayuno y después te das un baño? Yo voy a trabajar, al mediodía nos encontramos para almorzar juntos, ¿te parece?…Amor, no te preocupes, todo va a estar bien.

 

Se levantó, fue hasta el baño y se quitó la bata. Abrió la canilla de la ducha y se dio vuelta frente al espejo. Le devolvió una imagen diferente. Sonreía, no había heridas en su cara. Se tocó el cabello, era largo y sedoso, bien cuidado, un poco más marrón tal vez.

Cerró los ojos. Volvió a una clínica, donde entre sueños, oyó decir a un hombre alto de ojos azules con un delantal celeste:

– El chip 920. Colóquenle el 920, pobre chica, se lo merece.

©Silvia Vázquez

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