Nubes de azúcar

 

  • ¿Vos alguna vez viajaste en nube, Sammy?
  • Uuuuh, otra vez con eso. Si, te dije que si, Y no me pidas que te lo cuente otra vez…
  • Dale, no seas mala, si sabés que a mi me gusta, aunque lo se de memoria, me encanta escucharte cuando lo contás. Suena tan dulce…
  • Bueno, está bien, pero que no se te haga costumbre. Ya estás un poco grandecita para estos cuentos, no te parece? Y vos tendrías que estar descansando ya…
  • Si, pero igual …, dale?

Se acomodó en la cama, apoyó la cabeza en mi regazo y me miró, como siempre me mira cuando le cuento la misma historia. Esto es lo malo de tener una hermanita menor, hay que tener imaginación para inventarle historias, y acordárselas, porque creo que cada vez que se lo cuento le agrego o le saco algo…

-Bueno, la cosa era más o menos así: Una tarde yo estaba en el jardín, regando los malvones que mamá había plantado en los macetones, y de repente, un viento fuerte me levantó en el aire.

Y qué pasó?

  • Pará, te dije mis veces que no me interrumpas
  • Bueno, es que quiero saber…
  • Bueno, sigo, entonces el viento fuerte me levantó en el aire
  • Si, eso ya lo dijiste.
  • Sigo, y yo sentí que no pesaba nada, como si me sostuvieran con unos hilitos invisibles y me elevaran hasta allá a lo alto. Pero estaba sobre una nube blanca…como algodón de azúcar, ese que tanto te gusta…
  • Y qué pasó entonces?
  • Entonces, lo de los hilitos, ah si, por ahí iba… Bueno, ahí es cuando me asomé
  • Donde te asomaste?
  • Me asomé a… me asomé a … bueno me asomé! Y ví el jardín allá abajo, lleno de flores, y la abuela que gritaba : No se la lleven, bájenla…

Cada vez la escuchaba más lejos. Hasta que de pronto, alguien me tomó de la      mano y me apoyó sobre una escalera blanca, ancha, con una baranda de oro y en             cada escalón había una flor… blanca también. Entonces abrí los ojos

–    Pero no los tenías abiertos? Si viste el jardín…

–    Bueno si, pero los había cerrado…Entonces los abrí y ahí estaba, Tenía una         sonrisa enorme y me invitó a subir por esa escalera.

–     Y no tuviste miedo?

–     No, por qué iba a tener miedo?, siempre no enseñaron que a eso no había que      tenerle miedo, te acordás?

–     Si,bueno pero… bueno, dale seguí contando

–    Sigo. Entonces me invitó a subir por la escalera. Y subí. Y ahí, abrió los brazos y            me recibió con la misma sonrisa .

–     Contame de nuevo que te dijo cuando llegaste…

–     Otra vez? Bueno, me dijo, bienvenida, y cuando se corrió, escondidos detrás de   él estaban mamá y papá. Cómo me iba a asustar?

La miré, sobre la piel blanca y fresca de sus mejillas, había una estrellita dorada.

Las manos aún tibias , estaban sobre la almohada.

Aquella tarde fue la última vez que le conté la historia de mi viaje en nube.

©Silvia Vázquez

 

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